jueves, 6 de septiembre de 2012

La Isla



En una calurosa noche de verano en la que la luna nos daba toda la luz que necesitábamos, entro Roman a la sala con una felicidad que sobrepasaba los limites. Nunca había visto a mi hijo con tanta alegria.
—Padre— exclamo casi llorando—lo logramos.
—¿Qué logramos? —dije sin entender casi nada.
—Vamos a hacer el viaje que tanto anhelábamos, la travesía que no podíamos cumplir, vamos a realizar nuestro sueño, vamos a La Isla.
—¿Cómo? .
—Así es, se descubrieron rastros de lo que se cree es una ciudad extraterrestre.
  —Pero, ¿cuándo fue eso y por qué no me entere?.
—Eso son solo detalles lo importante es que lograremos hacer nuestro sueño realidad.
Mi alegría era tal que por poco gritaba pero supe dominar mi tentación y simplemente emprendimos viaje. Cuando llegamos al lugar donde se encontraron los restos sentí una energía que me atraía como mil sirenas llamándome y yo, sin posibilidad alguna de resistirme, cedí a sus llamados. Esa atracción llegaba desde una cueva a la que se tenía prohibida la entrada para cualquiera, pero yo decidí entrar cuando nadie me veía. Llame a mi hijo para que viniera con migo y pudiera ver las maravillas que, yo savia, estaban dentro. La cueva tenía una visibilidad casi nula y un olor nauseabundo se sentía agua en el piso y peces muertos que bailaban, por el movimiento del agua, en nuestros pies. Pero sin embargo, no había necesidad de ver porque se sentía que alguien nos guiaba. No sentí miedo más bien seguridad. Entonces vi una luz y una silueta que se reflejaba una silueta para muchos asquerosa pero hermosa para mí. Era la silueta de los habitantes de La Isla justo como la imagine. Mi hijo y yo estábamos yendo hacia ella porque lo pedía y la aceptamos. Derepente nos caímos por una enorme cascada y llegamos a un lugar lleno de luz, con casas enormes y con puertas de tres o cuatro metros. Sus habitantes no eran humanos mas bien una raza mutada, seres de otro mundo. Había un olor delicioso y la gente medía unos 2,5 metros. Fue entonces que sentí una mano caliente en mi espalda. Cuando me di vuelta, vi a un ser claramente espacial. Tenía una corona hecha de un material que nunca había visto.
—Hola—dijo mientras nos daba una toalla  porque estábamos muy mojado—soy el rey Hipe y esto es “La Isla”.
—¡No lo puedo creer!— dijo mi hijo quien me ayudo con mis estudios sobre este maravilloso lugar desde que nació— ¡Por fin!, ¡Es real!.
—Sí, hijo, es real—dije con mucha emoción.
 —De todas maneras lamento que no se van a poder quedar por mucho tiempo, las reglas de La Isla dicen que ningún ser del exterior puede quedarse mas de tres días.
—Señor Hipe no se si se dio cuenta de que el mayor sueño de mi hijo y mío era conocer este hermoso lugar y nos gustaría que nos tomara como uno de ustedes.
—¿A que se refiere, señor?
—A que nos gustaría quedarnos por siempre aquí.
—Disculpe pero para eso tiene que demostrarnos que tiene la valentía como para quedarse y ser parte de nosotros. Tiene que pasar la gran prueba.
—¿Qué prueba? —grito mi hijo desde detras de nosotros.
—Tienen que conseguir un zafiro negro y sacarlo del nido de mi mascota, un Terrastirium. Un Terrastirium es la cabeza de un león de abundante melena  que lo hace tremendamente feroz, un cuerpo de chitá que lo hace veloz como rayo y con las alas de un águila que lo hace volar como el viento.
—Lo haremos—dijimos ambos casi al mismo tiempo.
Emprendimos viaje. Algunos campesinos nos prepararon armas para poder luchar contra el Terrastirium. Subimos hasta el punto más alto de la colina con nuestras armaduras. Cuando llegamos al nido, estaban los huevos pero no estaba la madre. Vimos el zafiro pero antes que lo pudiéramos tomar apareció volando el Terrastirium. Con un rugido hizo temblar toda la colinda. Se acerco hacia nosotros y mi hijo trato de dispararle con la ballesta. Se la clavó en una pata. Enfurecido, se acerco corriendo como el viento y salto hacia mi. Luchamos mucho tiempo hasta que rompió todas mis armas. Entonces lo único que me quedaba era el filoso zafiro  lo tome y se lo clave en el corazón. Murió.
Bajamos victoriosos y muy cansados, le dimos el zafiro ensangrentado al rey. Nos hizo arrodillar y dijo:
—Proclamo a estos dos héroes como habitantes reales del gran pueblo de La Isla.
Partió el zafiro y lo clavó en nuestros corazones. Entonces empezamos a crecer hasta llegar a los 2,5 metros de altura. A partir de ese momento vivimos y somos habitantes reales de “La Isla”.