Un día de verano, en una tarde donde el sol parecía oro, los pájaros cantaban y los niños jugaban felices en las calles de tierra. Una quinceañera llamada Vera se encontró con una vecina en la puerta del pequeño mercado del pueblo.
— ¿Qué tal, pequeña? — dijo con amabilidad la viejita.
—Muy bien ¿y usted? — respondió Vera.
La pequeña vio una imagen en un árbol que hizo que sintiera la necesidad de molestar a aquella viejita que con tanto amor la había tratado. Vio una “Y” y una “K” rodeadas por un corazón en un pequeño árbol.
— Cada vez que veo ese árbol siento escalofríos. — dijo la pequeña mientras su cabeza se imaginaba una terrible historia para contar.
— Pero, ¿por qué dices eso, pequeña? Debe ser simplemente el amor de dos personas representado en un árbol. — dijo la mujer con inocencia.
— Es claro que usted no recuerda los hechos muy bien. Hace unos cinco años un hombre de nombre Yeb y una mujer llamada Kelie se enamoraron perdidamente. Su amor superaba cualquier obstáculo. Yeb era un respetado economista y Kelie, bueno Kelie no sabía muy bien a qué se dedicaba pero era una chica muy amigable. Un día después de dos años de amor y contención decidieron tomar el gran paso de casarse.
Pequeña, sigo sin entender cuál es la parte mala. — interrumpió la viejita.
Ya lo va a entender, cuando termine. — respondió un poco enojada por la interrupción— Un día antes de casarse, decidieron salir a dar un paseo por la noche para despejarse. Vinieron aquí mismo donde estamos nosotras y se sentaron en estos escalones. El hombre sacó su cuchillo y escribió ese mismo corazón que está ante nuestros ojos. En eso, una silueta oscura se acercó hacia ellos. Sin miedo y con una voz grave, Yeb preguntó quién era. Nadie respondió. La silueta seguía acercándose, lento pero sin pausa. Hasta que llegó a la luz de una farola que estaba delante de la feliz pareja. Allí se dieron cuenta por qué no respondía. Tenía la boca atada con hilos negros como el cielo de la noche. Yeb no entendía que pasaba. El hombre se había quedado quieto. No hacía señas, no se movía. Parecía una estatua. Incluso sentía que no respiraba. Parecía que estaba muerto. Yeb volvió a insistir en que dijera quién era. El hombre estiró su brazo señaló a Yeb y luego se señaló a sí mismo. No entendían qué pasaba. El hombre volvió a caminar hacia Yeb, lo miró a los ojos y lo agarró de sus brazos. Yeb se desmayó. Kalie, desesperada, se agachó para tratar de ayudarlo. Cuando volvió la mirada hacia arriba, no había nadie. Al día siguiente, en el cuerpo de Yeb apareció una nota escrita con sangre que decía: “Quien no pueda resistir el mirarse a los ojos consigo mismo no conseguirá mirar con amor a nadie”.
La viejita lanzó un gran grito y trató de salir de allí lo mas rápido que pudo y cuando alguien se acercó a preguntarle a la pequeña qué le había dicho a la pobre viejita ella respondió:
— Nada importante, solo que me dijeron que le tenía miedo a los relatos muy largos y quería comprobarlo.